dimecres, 5 de desembre de 2007

PALAU SACOSTA Y SU FIESTA MAYOR

La calma, con la desaparición de las ajetreadas y calurosas jornadas estivales, vuelve a enseñorearse de las ciudades, de los pueblos. La siempre apetecible tranquilidad empieza a respirarse en el ambiente, apenas el ingente turismo ha dado sus coletazos postreros. Septiembre pone una pincelada triste en el paisaje, inequívoco preludio de esa anhelada paz que proporciona el oasis invernal. Y Palau Sacosta, la próspera población gerundense, salta a la palestra dispuesta a celebrar pomposamente su Fiesta Mayor.

Al llegar la señaladísima fecha del 29 de septiembre, Palau, la villa que debe su nombre al palacio que en ella poseyó la familia Sarriera, se viste con sus mejores galas y se apresta a recibir con los brazos muy abiertos a sus invitados. La invitación suele ser sencilla, pero fraterna, de corazón. Palau Sacosta, pueblo altamente hospitalario, se desvive por hacer grata la estancia del forastero. Siempre ha rendido culto a esta tradición. Y ahora, con ocasión de su Fiesta Mayor, por todo lo alto ha de rubricarlo.

El majestuoso tañido de las campanas de su iglesia anunciará al pueblo la grandiosa festividad del arcángel San Miguel. Muchos, empero, no percibirán, en esta mañana septembrina y otoñal, fresca y maravillosa, la voz del campanario. Porque las calles principales de Palau se hallan un tanto alejadas de lo que antaño era su parroquia.

Mas no importa. Payeses o no sabrán que una irresistible voz les llama. Y, fielmente, captarán su sentido y su significado. Los arados, las azadas... Todo, absolutamente todo, descansará en este día grande, así como los sufridos animales de labranza. Y san Miguel, ángel custodio y defensor del pueblo de Israel antes de Cristo, y ahora, después de Cristo, ángel custodio y defensor de la Iglesia, desde el cielo les impartirá su más cariñosa bendición.

Mientras, en la iglesia de Palau (donde recibí de manos del recordado mosén Francisco las aguas bautismales, templo testigo del solemne "sí" que pronunciaron ante Dios los autores de mi existencia), los palauenses elevarán sus plegarias al arcángel, el que, según la creencia, tiene a su cargo el rehusar o admitir en el Paraíso a las almas.

Luego, las sardanas en su plaza. La danza más bella de cuantas en la Tierra existen, como escribiera tan acertadamente Joan Maragall, será interpretada por la cobla y jubilosamente bailada por el pueblo. Grandes y chicos, hombres y mujeres, cogidos de las manos bailarán la danza noble por excelencia, la danza de la "germanor". Y desde el cielo, el arcángel san Miguel, complacido, sonreirá. Y las alegres notas de la tenora inundarán también el camposanto contiguo a la iglesia, en donde reposan seres queridos, cual si trompetas celestiales entonaran el más singular y emotivo responso.

Al mediodía, la gente se dispersará. Los viejos relojes solares de las vetustas fachadas de las masías de Palau señalarán la hora feliz del yantar, la hora codiciada por los buenos gastrónomos. Las mesas presentarán un aspecto de solemnidad. Lo mejor de los corrales, de los gallineros... Todo habrá sido sacrificado para festejar la gran "diada". Dícese que, aparte naturalmente del solemne oficio de la mañana, la auténtica Fiesta Mayor de los moradores de este pueblo reside en el extraordinario ágape. Quizás sea esto cierto. Al menos, para una mayoría de payeses.

Pero también la juventud de Palau Sacosta sabe divertirse. Y en los lucidos bailes del "envelat", al compás de los electrizantes ritmos en boga, más de una joven pareja se sentirá bajo los delirantes influjos de la moderna droga del "rock and rol".

Palau, en suma, vivirá unos días, aparte del de San Miguel, en completo jolgorio. Más adelante, una vez haya pasado el otoño a mejor vida, el manto monótono y triste del invierno se extenderá sobre su sonriente faz. Pero el arcángel, su celestial patrono y protector, velará por los habitantes de la población, por sus tierras, por sus cosechas... y, sobre todo, por sus inefables virtudes y tradiciones, tan celosamente guardadas por muchas generaciones de palauenses...

EMILIO CASADEMONT COMAS

Redactor del "Diario de África"

Tetuán (Marruecos)

Septiembre 1961